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El ego como resultado del temor que nos produce “no saber” y la humildad como la solución colaborativa.

La humildad es la aliada de un ego sano.

 

El ego tiene sus raíces en la autoestima. Las personas que tienen una baja sensación de seguridad y valía personal tienen un ego que quiere inflarse a toda costa para ocultar esas carencias. Nos da miedo “no ser” o “no saber” y buscamos ocultarlo desarrollando, muchas veces, un ego que lastima. Desarrollar en vez, un verdadero sentido de humildad, puede liberarnos del deber ser y volvernos líderes mucho más colaborativos.

El ego no es malo en sí mismo, ya que la gente exitosa tiene un ego sano y pueden ser grandes compañeros de equipo. Pero hay una diferencia con el malo: es la diferencia entre la arrogancia destructiva y la confianza constructiva. La primera atenta directamente contra el buen clima laboral ya que la persona que lo ostenta suele volverse competitivo, celoso y hasta hostil. En el caso de un líder, un ego negativo puede volverlo inaccesible, poco dispuesto a promover el talento de su equipo o cerrado a nuevas ideas, en otras palabras, tirano, inflexible y autoritario.

En esos casos, el ego suele fundarse en un profundo miedo a admitir la propia vulnerabilidad. Las personas que ocupan cargos de liderazgo suelen sentir la presión de tener que conocer y poder brindar todas las respuestas. Creen que si reconocen algún tipo de limitación perderán autoridad y el respeto de sus colaboradores. También puede haber falta de confianza en las habilidades y capacidades de uno mismo y que el ego y el control resulten como intento de disimularlo.

Por qué trabajar la humildad puede ser una vía que traiga alivio para la persona y el equipo que lidera o del que forma parte. La humildad fue, y aún es, confundida muchas veces con una baja autoestima, una baja opinión personal, y esto es un error. Ser humilde no es bajar la cabeza y negar cualquier tipo de cualidad en nosotros, no es “falsa modestia”, es tener una profunda conciencia de quién uno es, es un acto de reconocimiento sincero que implica identificar fortalezas y debilidades. En la humildad no hay pretensión de ser nada que no se es y es ahí donde se genera el alivio.

Cuando uno es humilde no hay necesidad de ocultar ni mentir ni disimular. Hay una conciencia personal puesta al servicio de los demás. Hay una coherencia entre lo que se debe y se puede. Un líder humilde tiene el coraje para decir “no lo sé” y la confianza suficiente para dar un paso al costado y lugar a, por ejemplo, un colaborador que sí sepa. Lejos de corromper el poder de un líder, lo potencia. Las personas responden positivamente a quien les permite brillar.

La humildad se relaciona directamente con apertura mental, empatía, sensibilidad y curiosidad. Cuando nos liberamos de la presión de tener que saberlo todo, dejamos espacio para el juego, la creatividad y la inspiración. Ya no tenemos que enfocar nuestros esfuerzos en sostener un castillo de apariencias y sentimos libertad para movernos y combinarnos sin necesidad de controlar ni acaparar todos los espacios, permitiendo que otros pasen al frente, volviéndonos verdaderos líderes colaborativos.

Un ego sano es necesario para canalizar nuestros talentos y llevarlos a la práctica con seguridad.

 

Está directamente relacionado con el autoconocimiento como fuente de confianza que, a su vez, nos permite ser humildes, poniendo nuestro talento al servicio del equipo y la organización de la que formamos parte. Nadie tiene todas las respuestas y todos podemos aportar valor y sumar en pos de los resultados deseados.

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