Olvidarse de uno mismo
por Sergio Sinay

Se llamaba Meshulam Zusya (pronúnciese Zusha) y vivió en Anipoli, Ucrania, entre 1718 y 1800. Era rabino y fue considerado un hombre sabio y piadoso, uno de los grandes estudiosos del Talmud, conjunto de libros que comprenden las tradiciones, ceremonias y doctrinas del judaísmo. Se cuenta que en su lecho de muerte se lo vio llorar. Sus discípulos no entendían por qué. “¿Por qué ese llanto? -preguntó uno de ellos-. Usted tiene reservado sin dudas un lugar en el cielo y debería morir feliz”. En las que serían sus palabras finales, Zusyas explicó con una voz leve: “Cuando a la hora del Juicio Final me pregunten por qué no fui Moisés diré que no nací Moisés, cuando me pregunten por qué no fui Elías responderé que no nací Elías. ¿Saben por qué lloro? Porque temo el momento en que me pregunten por qué no fui Zusya”.

El temor del rabino podría convertirse hoy en una verdadera pandemia si las legiones de personas que pasan una parte sustancial de su vida tratando de ser quienes no son advirtieran el modo en que dilapidan el tiempo de existencia que les fue dado. En Aplícate el cuento, una compilación de relatos de ecología emocional (disciplina de la que son impulsores fundamentales), los catalanes Mercé Conangla y Jaume Soler recuerdan que cada persona es un misterio viviente, y que un misterio deja trascender su verdadero sentido cuando se deja de intentar resolverlo y exponerlo a la luz del día.

A diferencia de los problemas, que se resuelven, y de los secretos, que se revelan, con los misterios se convive. “Hay cosas de uno mismo y de los demás, dicen Conangla y Soler, que nunca seremos capaces de llegar a conocer y comprender”. Y agregan que “el misterio debe ser respetado, aunque no sea comprendido”.

La máxima “Conócete a ti mismo”, que presidía la entrada del templo del dios Apolo, en Delfos, no debía ser tomada de forma literal, según sabían los antiguos griegos. Sería un pecado de soberbia pretender que uno se conoce enteramente a sí mismo. Aquella consigna aconsejaba comprender el propio lugar en el mundo y honrar ese lugar mediante acciones y conductas. Así se contribuye a sostener el cosmos (orden natural), en contraposición al caos (el rompimiento de ese orden).

Si nos empeñamos en no ser quienes somos, si nos pasamos la vida identificándonos con otros (ídolos, líderes, gurúes, héroes de ficción, influencers y variopintos vendedores de humo y de personalidades artificiales), dejamos vacío un casillero esencial que nadie podrá llenar por nosotros. El de nuestro ser real, sus características, sus potencialidades, sus misterios. Al final habremos existido, sin que eso signifique que hayamos vivido.

Desde el momento en que cada ser humano es único, singular, inédito e irrepetible, las vidas no se pueden transferir ni copiar. Aun así, hay una insistencia en el copy paste existencial consistente en calcar cuerpos, o partes de cuerpos, peinados, lenguaje, actitudes, tatuajes, ropaje, conductas, modales, ideas, palabras y pensamientos de otros para intentar aplicarlos sobre uno mismo, negándose a ser quien se es. El resultado está a la vista. Oleadas de insatisfacción, de malestar emocional y espiritual que se intenta aplacar con medicación, con pseudo terapias, con pases mágicos o con nuevas intervenciones, cortes, extirpaciones e incisiones de tipo físico o psíquico. Intentos en definitiva iatrogénicos. Iatrogénica es la enfermedad producida por un remedio que, supuestamente, venía a curarla.

La finitud es característica ineludible de la vida. Sin embargo, se nos otorga tiempo para enfocarnos en la exploración del misterio que cada uno es. Y se nos hace responsables, como bien lo sabía el rabino Meshulam Zusya, de lo que hacemos con ese tiempo y con nosotros mismos. Siempre genial, Shakespeare lo sabía. “Ser no ser”. La pregunta de Hamlet resuena incesante.

 

Sergio Sinay
Columna publicada por el autor en La Nación