Gestión emocional para liderar
por Adela Sáenz Cavia

Eran los ‘90. Luego de un largo proceso de re-ingeniería, agobiada por la crisis y en gran medida por su obsolescencia, un holding empresario había decido que aquél día cerraba definitivamente una de sus plantas industriales.

El proceso había empezado un par de años atrás, con jubilaciones anticipadas, retiros voluntarios y otras estrategias para que el impacto fuera menor. Pero ése era el último día para los pocos empleados que quedaban, los imprescindibles para mantener activa la planta.

Ese día había empezado muy temprano y ya eran las 8 de la noche. Habíamos vivido muchas emociones y si hay una forma breve de decirlo, aquel día había sido realmente duro.

En la planta no quedaba casi nadie. Frente a mí, el Gerente General. Era un ingeniero industrial, pero por su estatura y peso podría haber sido un pilar de Los Pumas.

“Me voy a hacer la ‘parada de planta’”, me dijo. Esto era, literalmente, bajar la palanca para parar, finalmente y para siempre la producción.

Pocos minutos después el Gerente regresaba con una bolsita en sus manos: “Tocálas, todavía están calientes” me dijo, mientras me acercaba una bolsita con pellets, los últimos producidos por la planta que había liderado durante años.

Y ahí, en ese mismo acto, mientras me entregaba la bolsita, su metro noventa se puso a llorar.

Yo tenía 26 años. Era una de mis primeras experiencias laborales y claramente no estaba preparada para esa situación. Hice lo primero que se me ocurrió hacer: abrazarlo. Y allí, contenido en mi abrazo casi adolescente, el ingeniero lloró. Lloró la impotencia, la tristeza, y toda la angustia contenida de meses. Fue un momento breve, íntimo y que por alguna razón nunca se me borró de la cabeza (ni del corazón).

Aprendí ese día que los ejecutivos también sufren y que, muy a pesar del constante freno que se pone a las emociones en el trabajo, las personas vivimos allí gran parte de nuestras vidas sintiendo alegrías, logros, celebraciones y éxito, pero también sufrimiento, angustia, estrés y frustraciones. Ese Gerente, ese día, dio cátedra de conciencia y gestión emocional. Ese ingeniero había entendido que emocionarnos es parte de nuestra existencia y que darle un nombre, expresar lo que sentimos y poder compartirlo con alguien es la llave para procesarlo.

La Inteligencia emocional es una serie de competencias que hace casi 30 años definieron Jack Mayer y Peter Salovey y que luego fueron ampliamente divulgadas por Daniel Goleman. Actualmente hay muchísimos investigadores y autores indagando, desarrollando y enseñando sobre las competencias emocionales y sociales que, en este nuevo universo laboral VICA (Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo), se han decantado como fundamentales.

Sabemos que, por ser competencias, se pueden desarrollar y conocerlas mejor y trabajar para desplegarlas contribuye a que las personas podamos evaluar mejor y con más asertividad y empatía situaciones sociales, emocionales y relaciones interpersonales, y ayudan, entre otras cosas, a prevenir y gestionar conflictos, generar buenos climas de trabajo, tomar mejores decisiones y lograr un mayor bienestar.

Sin embargo, el lugar que las emociones tienen en las empresas sigue siendo acotado y frases como “controlar las emociones”, “mantener la cabeza fría”, o, “es muy emocional y ahora necesitamos ser racionales” son más la regla que la excepción.

Las emociones y sentimientos son el producto de millones de años de evolución y, como estudió largamente Antonio Damasio, son parte integral del proceso de pensamiento humano, y no un fenómeno paralelo. De hecho, y como el origen de la palabra lo indica (emoción viene del latín emovere que significa poner en movimiento) las emociones son lo que nos mueve a la acción, por eso son la base de la motivación e ignorar su rol y la sabiduría que tienen en nuestro desarrollo como personas, como gerentes en una empresa y como líderes organizacionales es sencillamente poco eficaz.

En tiempos como éstos, en los que tendremos que gestionar mucha frustración, parece no solo valioso, sino también necesario, aprender a tramitar lo que sentimos, generándonos emociones positivas, aprendiendo a ser más flexibles y desarrollando nuestra capacidad de resiliencia. Y desde las empresas, ayudar a fortalecer el mundo emocional de sus líderes, equipos y colaboradores, reconociendo, como lo hizo el Gerente General del caso, su valor y sabiduría.

 

Adela Sáenz Cavia
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